domingo

caminando caminando

de caprichos soy afortunadamente escasa. solo busco desesperada quien me saque estos tórsalos de las piernas. recogiendo tonadas campesinas interpretadas por el Victor, voy. viendo a ver si no me envenenaron esas moscas azules y anaranjadas. así, colorida, voy dejando mis propias tonadas a ver si hay quien quiera guardárselas en los bolsillos, o donde no se le pierdan. y esos putas tórsalos como que piensan solos, y sin tacañerías chinean caminos. yo, apartamento trémulo y palpitante, hago lo que puedo. y si lo que puedo es, por el momento, escribirle acá la verdá, procedo a teclear que ando desesperada por encontrar un lugar donde a los bichos de mierda les dé la gana de salir por voluntá propia, y yo por fin pueda descansar las piernas, por voluntá propia.

martes

Dibujitos para los días de la vida

(yo alego demencia para robar títulos, canciones e imágenes)



Al Sr. Eduardo Galeano,

permítame nomás un monosílabo del su tan desbordante río. sepa bien que me bañé la vida entera en sus aguas, con y sin enagua. que nomás el murmullo de su corriente me desbordó la mía, que chiquita y algo pendeja partió montañas enteras con habitantes incluídos con tal de restregarse en la suya. ay Señor Eduardo Galeano, que su olor me sacó lágrimas y a cada respiración suya la mía temblaba como recién parida. ay, usté que me deshilachaba a punta de suspiros y yo extendida buscaba otro abrazo suyo que me volviera a juntar. ay señor Galeano, señor, señor, señor, ay. tal vez fui una palabra que salió de su boca y trágicamente se volvió muchacha, ahora acá lejana extraño el baile de su lengua cuando habla. permítame nomás algo así como un abrazo y más, de esos que usté me dio a mí, no acostumbrada a esos abrazos y ojalá jamás habituada a ellos, uno de esos que saca de esas lágrimas que acompañan a los labios cuando sonríen y al pecho cuando gime alegre. ay, Eduardo Galeano...

lunes

La sábana desacomodada

y él tan cerca. yo tarareando cada recuerdo de sus manos. batiéndome en fiebres del color de sus labios. y él tan cerca. su calor quemándome, abriendo zanjas, en mi ropa, en mis piernas, ay, en mi pecho. y entonces estira su mano, una mano que me germina los más impíos pensamientos y me va incrustando escafandras a lengua y dedo. y yo que no opongo resistencia, que nomás conocerlo ya quería que metiera sus manos bajo mi enagua, que me quitara cualquier aire inmaculado que el uniforme colegial pudo haber dejado. yo, que nomás conocerlo, confieso, tenía el latente impulso de tocarlo, de explorarlo de cerca. yo entonces, le voy regalando escafandras lo mejor que puedo, todas empolvadas, pero eufóricas en su suciedá.

miércoles

En 1995 nació un silbido

En 1995 nació un silbido. El primero, el que más recuerdo. No fue ese silbido que años más tarde escucharía con devoción mi lectura llorosa de Chiapas: El sureste en dos vientos, una tormenta y una profecía, el llanto y risa de ese silbido nacido un año antes. No. Este silbido no crecería, no se extendería, más bien a cada gemido moriría y yo, borona, intentaría resucitarlo, prosperando el genocidio. Sí, tuvo que haber sido en 1995 no en 1994. Porque estábamos en esa casa donde al rato llegaría el otro silbido, igual de frágil, agonizante por sus propios medios, un silbido que a golpe de meses se haría largo y agudo. Y además tuvo que haber sido un domingo, no un sábado. ¿Cuéntenme de un domingo en el que no haga falta silbar para desangrarlo? Mi papá sentado silbando. Yo de pie con pijamas probablemente muy despeinada, intentando clavar estacas en el domingo sin dar con drenaje posible. Con rabia, saña, echando aire al mundo, aire nomás, aire sin testimonio. Mi papá se percata de mi rabia y se me acerca. Silba. Un silbido claro y puro que va luchando, despedazando el aire, extendiéndose lo más que puede, abriéndole paso a todos los silbidos que vendrán y luego arrebatado por el aire ese, que no falta sino que sobra. Dos tipos narizones habían silbado. Uno lo conocería después. Por el momento me importaba nomás este, al que le aburría tanto contar cuentos de niños que no le importaba contarnos Jack el destripador interpretado por Winnie Pooh y sus amigos (…encuentran a Pigglet desmembrado, agonizando en su propio algodón…). Yo impotente. Floreciendo silbidos en mí y yo sin capacidá de extraerlos. Los sentía, adueñándose de mi cuerpo, bailando en mis entrañas, preparándose para el trompazo que se darían al salir y dar de cara contra el aire tomados todos de las manos, un solo silbido fragmentado en la fuerza de mis pulmones de menos de un lustro de existencia. Yo, impotente. Derrotada por el domingo sin poder consagrarme en su sangre. Se agacha mi papá y explica algo. Y ahora el recuerdo está como en una neblina y sus palabras no las recuerdo, pero veo el movimiento de su boca, como se señala los labios luego algo con la lengua. Silba, el silbido sí lo recuerdo. Me señala para que lo intente. Y me sereno. Entonces pongo mi lengua como se supone se pone cuando se silba y no soplo sino que silbo. Parí guerrillero mi primer silbido. Con la alegría que nomás podría tener un muerto va, fracturando el aire que tan cómodo se hacía. Yo, boronita completa que luego se iría desboronando, no sonrío ni celebro, nada que pudiera frenar aquel fluir solo seguía silbando, silbando con la convicción pulmonar de una mártir. Sintiendo desequilibrar mi propia existencia, uniéndome inconciente al silbido que un año antes había desestabilizado al aire aquel, que no falta sino que sobra.